« Intenta no pensar en ello », esta frase, todos la hemos oído o incluso la hemos pronunciado. A menudo surge ante la tristeza, el enfado, el miedo o la decepción, como un intento de protección. Nos gustaría creer que, ignorando lo que nos molesta, acabará desapareciendo. Pero en realidad, no es así como funcionan nuestras emociones.
Las emociones reprimidas no desaparecen, se entierran. Esperan, silenciosas, en un rincón de nuestra mente o de nuestro cuerpo, hasta que un día, resurgen, a veces de forma amplificada. Como recuerda el psiquiatra Christophe André, especialista en emociones y meditación de atención plena: «Lo que no nombramos se nos impone». Lo que intentamos evitar a menudo acaba manifestándose de otra manera: fatiga, irritabilidad, ansiedad difusa o dolores físicos.
Comprender el papel esencial de las emociones
Nuestras emociones no son nuestras enemigas, sino aliadas preciosas. Nos hablan de nosotros, de nuestras necesidades, de nuestros límites y de nuestros deseos. Es tentador considerar las emociones desagradables como debilidades. Sin embargo, desempeñan un papel fundamental. La tristeza, por ejemplo, es a menudo el signo de una pérdida, de una carencia o de un apego profundo. Nos conecta con lo que ha importado. El enfado, surge a menudo cuando se ha traspasado un límite o cuando se siente una injusticia. En cuanto al miedo, vela por nuestra seguridad e integridad. Y la alegría, esa emoción luminosa, traduce nuestra alineación con lo que nos hace bien.
Las emociones y su impacto en nuestro equilibrio
Cada emoción tiene, por tanto, una función. El neurólogo Antonio Damasio demostró que las emociones participan en la regulación de nuestro equilibrio interior e influyen directamente en nuestras decisiones. Ignorar una emoción, es un poco como desconectar el salpicadero de un coche: las señales desaparecen, pero el problema persiste. Una emoción, si se le permite seguir su curso, a menudo solo dura unos minutos. No es ella la que nos agota, sino nuestra resistencia a vivirla. La imagen de la ola ilustra bien este proceso: si intentamos bloquearla, nos agotamos; si aprendemos a atravesarla, recuperamos el equilibrio más fácilmente.
Aceptar lo que sentimos no significa aprobarlo todo. Simplemente significa reconocer que esa emoción existe, que tiene una razón de ser y que, como una ola, acabará retirándose por sí misma si no la combatimos. Esta actitud de apertura crea un espacio interior más pacífico, donde las emociones dejan de ser percibidas como amenazas.
Aprender a escuchar nuestras emociones requiere benevolencia hacia uno mismo. No es un ejercicio intelectual, sino una forma de escucha global: del cuerpo, de la respiración, del sentir interior.
Enfoques sencillos para vivir mejor las emociones
Aquí tienes algunos enfoques sencillos para avanzar en esta dirección:
Escribir para liberar
Respirar conscientemente
Moverse, caminar, sentir
Reconectar con la naturaleza
Expresar en lugar de reprimir
Las medicinas dulces como apoyo emocional
Las medicinas dulces pueden ser aliadas preciosas en la gestión emocional. Ofrecen herramientas sencillas y respetuosas con el ritmo de cada persona.
Las flores de Bach
Las flores de Bach acompañan los estados emocionales pasajeros. Por ejemplo, existen mezclas diseñadas para ayudarnos a atravesar ciertas emociones o situaciones que podrían afectar nuestro equilibrio interior, como el estrés relacionado con los exámenes, la tristeza de un duelo o la menopausia. Estos elixires no suprimen la emoción, sino que facilitan su apaciguamiento de forma suave.
Los aceites esenciales
Los aceites esenciales también constituyen un apoyo eficaz. La lavanda verdadera favorece la relajación y el soltar, la naranja dulce devuelve la alegría y la ligereza, mientras que el ylang-ylang calma los corazones agitados. Se pueden difundir, inhalar o integrar en un ritual personal: un baño caliente, un momento de lectura, una pausa meditativa.
La meditación
La meditación de atención plena, accesible al público en general gracias a los trabajos de Christophe André, es también una práctica valiosa. Enseña a observar los pensamientos y las emociones sin intentar modificarlos, a permanecer presente en lo que es. Este entrenamiento de la presencia desarrolla una estabilidad emocional natural, sin esfuerzo ni coacción.
La alimentación, por último, también influye en nuestro estado de ánimo. Los alimentos ricos en magnesio, en omega-3 y en vitaminas del grupo B contribuyen a la regulación del estrés y a la estabilidad emocional. Una comida colorida, equilibrada, compartida con conciencia se convierte en un acto de cuidado integral.
Acoger es reconocer. Reconocer es respetarse. Y respetarse es ya curarse un poco.
«No hay emociones malas, solo hay emociones que piden ser escuchadas».